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Hacer pronósticos macroeonómicos en la Argentina se ha vuelto azaroso

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Conferencia de prensa conjunta de la Argentina y el FMI en el G20 en Buenos Aires. Christine Lagarde y Nicolás Dujovne. 21.07.2018 Foto Maxi Failla

Avanza el tercer año de gobierno de Cambiemos y los economistas del Banco Central no encuentran la fórmula para no verse sorprendidos por una realidad que se muestra mes a mes  menos favorable que la que proyectan.

Encumbrados economistas del sector público y de consultoras privadas están obligados a hacer cambios profundos en sus previsiones mes a mes

Una vez más las nuevas autoridades monetarias se vieron obligadas a mantener elevada la tasa de interés de referencia del mercado porque «los precios se desaceleran a menor ritmo que el esperado».

De ahí que cada comienzo de mes el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que hace el Banco Central trae lo único previsible: la corrección al alza de la tasa de inflación esperada y a la baja la previsión de crecimiento de la economía, la que ahora pasó negativa.

Parte de ese fenómeno nuevo de pronósticos oficiales y privados que no pueden sostenerse mes a mes y que requieren modificaciones que no tienen nada de marginales, sino que son relevantes, se puede asociar a los mínimos antecedentes de desenvolverse en una argentina con un régimen de tipo de cambio flotante, singular desequilibrio de las cuentas fiscales y externas.

Sobre todo, porque la falta de conciencia de muchos políticos y de la sociedad en su conjunto de la gravedad de los desbarajustes que acumuló el país en varias décadas, pero en particular en la última, no sólo ha quitado grados de libertad para avanzar hacia su ordenamiento, sino que, peor aún despiertan reacciones en búsqueda de soluciones mágicas, con cambios de reglas de juego permanentes, que afectan las expectativas y el desempeño posterior de la economía, esto es del consumo, la inversión, el comercio exterior y las finanzas públicas, con sus efectos sensibles en los monetario y cambiario.

 La falta de conciencia de muchos políticos y de la sociedad en su conjunto de la gravedad de los desbarajustes que acumuló el país en varias décadas, no sólo ha quitado grados de libertad para avanzar hacia su ordenamiento, sino que, peor aún despiertan reacciones en búsqueda de soluciones mágicas que afectan las expectativas y el desempeño de la economía

Algo más que ajustes metodológicos

Para peor, en indicadores relevantes se introducen cambios metodológicos que impiden leer adecuadamente la realidad, y obrar en consecuencia.

Un caso es el de la serie de recaudación tributaria de la AFIP, porque ha incorporado en la percibido por IVA los ingresos vinculados con pagos de moratorias y de planes de facilidades de pago, y de ese modo muestra un crecimiento real relevante, a tasas de más de 5% real, cuando el consumo de las familias comenzó a caer fuertemente entre los bienes durables, como autos, motos y propiedades, y también en los no durables, como alimentos y bebidas, y cosméticos , y semidurables como textiles y calzados.

Algo similar surge con la serie de ventas del conjunto de supermercados y shopping que hace el Indec, porque pese a registrar aumentos de la facturación muy por debajo de la variación del promedio de precios al consumidor, estima a partir de valores monetarios sendos incrementos de las cantidades compradas por las familias.

 El Indec estima aumento real en las ventas del conjunto de supermercados y shopping pese a que la facturación crece varios puntos menos que la inflación

Y en las estadísticas laborales del Ministerio de Trabajo se suma a la nómina de empleados registrados a los más de 400 mil beneficiarios del Monotributo Social, que crece muchas veces a ritmo de dos dígitos porcentuales, con lo que se «infla» la variación de los puestos de trabajo, pese a que el Estimador Mensual de Actividad del Indec registra crecientes tasas de recesión.

Exceso de optimismo en el Banco Central y en Hacienda

Pero el caso más notorio de las señales aparentemente contradictorias para hacer buenos pronósticos macroeconómicos de corto plazo en la Argentina han provenido del Banco Central por cuanto en sus clásicas conferencias de prensa mensual que dada el anterior presidente, Federico Sturzenegger, sostenía que «un tipo de cambio de $17 por dólar era razonable», eso fue hasta poco antes de la recalibración de la meta de inflación el 28 de diciembre de 2017.

 Federico Sturzenegger sostenía que “un tipo de cambio de $17 por dólar era razonable”, eso fue hasta poco antes de la recalibración de la meta de inflación el 28 de diciembre 2017

Pocos meses después, cuando la devaluación del peso comenzaba a dar sus primeros pasos y antes de la corrida cambiaria del 25 de abril, ya se había modificado la percepción: «un nivel de $20 es adecuado», subió 18%, pese a que la balanza comercial y la cuenta del turismo internacional acrecentaban el desequilibrio de divisas a más de USD 1.000 millones por mes.

Y ahora, con la llegada del auxilio financiero del Fondo Monetario, y logrado cierta estabilidad en el mercados de cambios, aunque con el complemento no menor del sostenimiento de altas tasas de interés e intervención vendedora de dólares por cuenta del Tesoro que se traduce en sostenida caída de las reservas en divisas, pareciera que la autoridad monetaria se siente cómoda con una paridad de $27 a $28, que se alcanzó a mediados de  junio, saltó 40% respecto de la cota previa, no obstante que desde entonces la inflación fue de un 10 por ciento.

Claramente, esas correcciones tuvieron impacto no sólo en la marcha de los precios, y desnudaron los repetidos desaciertos de las estimaciones del Ministerio de Hacienda.

El Presupuesto 2018 se había elaborado con una meta de inflación del 10% al cierre del año, pero antes de terminar el 2017 en una desafortunada intervención del Banco Central por parte de la Jefatura de Gabinete se decidió «recalibrar» la meta al 15 por ciento.

El acuerdo con el FMI que rubricaron la directora gerente, Christine Lagarde, y el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, anuló la meta de inflación del 15% y la elevó a un criterio cuantitativo extremo del 32% a fin de 2018 (Patricio Murphy)

El acuerdo con el FMI que rubricaron la directora gerente, Christine Lagarde, y el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, anuló la meta de inflación del 15% y la elevó a un criterio cuantitativo extremo del 32% a fin de 2018 (Patricio Murphy)

Pero duró poco, apenas 5 meses, porque rápidamente el sector privado reaccionó muy negativamente y fue corrigiendo sus previsiones mes a mes, hasta superar el 20%, y luego con la subestimación de la pérdida de cosechas por la sequía y un escenario internacional más hostil por la guerra comercial entre los EEUU y China, derivaron en una corrida cambiaria que llevó a acudir al auxilio del FMI, y se fijó un «criterio cuantitativo de inflación centro 27% y extremo externo del 32%». Este último nivel es el que ahora tomaron como propio el promedio de las consultoras privadas.

 La meta oficial de inflación pasó del 10% en septiembre de 2017, cuando se presentó al Congreso el Presupuesto 2018, a 15% cuando “recalibró la meta” el 28 de diciembre y al 32% como extremo externo, en el acuerdo con el FMI

¿Flotación real o a medias?

El error no parece estar en la elección de un régimen de cambio flotante con intervención, como  tienen la mayoría de los países con las finanzas públicas ordenadas  y baja inflación, en lugar de un régimen de paridad fija, sino en no avanzar más rápido con el inicio de reformas estructurales que conduzcan a la estabilidad macroeconómica y mejora de la competitividad de las empresas, y en entusiasmarse con una paridad cambiaria que se vuelve a desenganchar del ritmo inflacionario.

El costo de esa estrategia explica que no sólo se demore el reacomodamiento del resto de las variables, como la tasa de interés a niveles más cercanos a la meta de inflación, sino que además se corre el riesgo de generar presiones alcistas del tipo de cambio a futuro y se acentúe la perspectiva recesiva, en particular cuando altos funcionarios y el propio Presidente alertan que «se vienen meses difíciles».

Frente a ese escenario inestable los economistas responden con correcciones casi semanales de sus pronósticos macroeconómicos pero que tienen escasas probabilidad de acertar, o al menos aproximarse, a los valores reales apenas seis meses vista.

Fuente: https://www.infobae.com

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