La pesada incoherencia

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Por Alejandro Enrique para Noticias La Insuperable ·

Llevadas al extremo, las calamidades de la remozada politiquería de derecha se fundieron hasta configurar la tragicomedia de enredos que en el día a día degrada la institucionalidad argentina, todo en el marco de una incoherencia ascendente que evoluciona nutriéndose de mentiras cada vez menos elaboradas.

“Por lo que a la duración de las mentiras se refiere, deben distinguirse varios tipos ya que las hay de muchos géneros: a saber, mentiras de horas, de días, de años y de siglos; que se dan determinadas mentiras políticas que, como los insectos, mueren y reviven bajo nuevas formas; que los buenos artistas, como los que construyen casa en tierra arrendada, saben calcular con tal seguridad la duración de una mentira que esta se ajusta perfectamente a sus propósitos, pervive y se mantiene el tiempo del arriendo.” (Propuesta ─año 1712─ de un tratado sobre El arte de la mentira política, Jonathan Swift y John Arbuthnot)

La verdadera oportunidad de negocios que trajo el macrismo podría llamarse lawfare extendido, guerra juríco-mediática contra opositores ─y otros actores no alineados a la red de redes de Cambiemos pero esquilmables material o simbólicamente─ en la que con inversión oficial a cuenta del erario público ganan los más inescrupulosos entre los inescrupulosos, en franca competencia por el podio con los elegidos para gozar de los beneficios económicos del paraíso especulativo financiero y las prebendas. Un pequeño mundo muy ruidoso dentro de un país empobrecido.

La catarata incesante de acusaciones cruzadas e información falsa vino a suplir el dinamismo del que en la actualidad carecen la economía y la cultura nacionales. La incoherencia se vive como una imposición de Estado matizada por la farandulización del espionaje, acreditado en sede judicial o estudio televisivo. Cada vez importa menos la verosimilitud de las falsedades. La cantera es tan prolífica que puede abastecer sin pausa la creciente demanda. El discurso de apertura de sesiones ordinarias confirmó la férrea voluntad presidencial de convertir la coherencia en delito federal por tácita proscripción.

Al Congreso absorto en un discurso delirante no le faltó el símbolo propio de la germanía de entrecasa: la malograda diputada de Cambiemos que bregaba por interrumpir la alocución del presidente quería denunciar a viva voz la mexicaneada que sus compinches PRO habían llevado a cabo para birlarle la banca. Con la intención de contrarrestar tan degradante simbología las usinas oficiales vieron el filón de nuevo en lo inverosímil: convertir a la denunciante en camporista irredenta. La mentira duró en pie lo que un suspiro. La desmentida, menos todavía.

Entre formalidades democráticas a modo de pararrayos, con la modernidad retrotraída al estilo Ian Fleming como dislate central, se minimiza el drama cotidiano de vivir en un país desfasado en lo más básico: los precios de los productos esenciales para la subsistencia no guardan relación con los ingresos de la mayor parte de la población, igual que el costo de los servicios.

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La agonía de la industria, el aumento de la desocupación y la hipoteca impagable del endeudamiento con fuga sostenida se licuan en el discurso de los diletantes de la política, que disfrutan de la impunidad verbal que les regala mostrarse cual eternos candidatos en campaña proselitista como si jamás hubieran asumido en calidad de funcionarios o legisladores con responsabilidades concretas.

La carga que representa la pesada incoherencia amenaza con eternizarse porque el dislate cobra fuerza de alocado sentido común y la chicana es, a la par del embuste flagrante, hoy por hoy, natural basamento de discusión pública. Nada se adecua al contexto real. La cultura trol se va imponiendo por fuera de las granjas y call centers oficialistas. Parecería que, en línea con Jonathan Swift y John Arbuthnot, el convencimiento acerca de “la gran querencia que tienen todos los hombres de nuestra época en creerse las mentiras”, terminaría por imponer la conclusión de que “la mejor manera de destruir una mentira consiste en oponerle otra.” (1).

Todo esto parecería ser un alivio no solamente para macristas confesos y solapados sino también para el nutrido batallón de opositores ligth quintacolumnistas del cambio incluidos─ que da la impresión de estar soñando con un futuro exento de compromisos con los hechos, la realidad y la más elemental rendición de cuentas política a materializarse, esta vez para su beneficio, tras un repechaje que catapultase al más afortunado de los reservistas gracias a la tómbola del ─también soñado─ voto castigo.

Nadie, en el fondo, duda de que el macrismo sí dejará una pesada herencia. El punto de inflexión para la incertidumbre que representa el cercano acto eleccionario no debería ser obstáculo para prever el daño que una incoherencia sostenida y proyectada a futuro podría generar en cualquier contexto imaginable. Sería la apostilla del ruinoso testamento más festejada por el gatopardismo ─“Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”(2)─ local que, con secreto deleite, fortaleció a Cambiemos por taimada acción o flagrante omisión.

Alenric @ale_enric

 


  1. “Por ejemplo, si alguien os dice que el Pretendiente está en Londres, no se rebatirá esta mentira diciendo que nunca ha estado en Inglaterra, sino que, recurriendo a testigos oculares, probará que no pasó de Greenwich y que desde ahí dio marcha atrás. Si se difunde el rumor que un gran hombre murió por esta o aquella enfermedad, no replicará diciendo la verdad, asegurando que goza de buena salud, sino que dirá solamente que aún está convaleciente.”
  2. Gatopardismo: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie” (Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El gatopardo).

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