La conversión de La Piba

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Galimberti fue su padrino de militancia durante los setenta. Vivió en el exilio, donde fue asistente del politólogo Guillermo O’donnell. Volvió clandestina y embarazada al país. Con el regreso de la democracia formó parte de la reconstrucción del peronismo, y de su corrimiento hacia la derecha. Más tarde fue funcionaria de De La Rúa y hoy una de las ministras con mejor imagen de Macri. El cronista Andrés Fidanza cuenta la transformación de Patricia Bullrich: de la familiaridad con Montoneros a los acuerdos con la CIA y la obsesión por mostrar que ya no es lo que alguna vez fue.

Por Anrés Fidanza para Revista Anfibia. Ilustración: Sebastián Angresano

Fue la primera oradora en el acto de la Juventud Peronista del Luna Park. Tenía 27 años, manejaba una unidad básica en San Telmo y había sido una de las organizadoras del evento. Era mediados de 1984, y el peronismo todavía se mantenía en estado de shock por la derrota ante el alfonsinismo. Su “cooompañeros” de apertura reverberó en el estadio y rompió un hielo político acumulado durante años, tanto por ella como por los demás sobrevivientes a la dictadura. En 1977, Patricia Bullrich Pueyrredón se había escapado junto a su primer esposo, el militante montonero Marcelo “Pancho” Langieri, el papá de su único hijo: Francisco. El exilio se les había transformado en un periplo opresivo, con rebotes por México, España y Brasil, y un regreso clandestino a la Argentina en 1978 con Bullrich embarazada. La vuelta definitiva fue desde Brasil, a fines de 1982.

Aquel acto del Luna en el 84 marcó otro hito: el primer encuentro de la JP unificada desde 1974. Tras una década de silencio forzado, de convivir con el peligro, con la paranoia y la muerte, de esconderse bajo el alias de Carolina Serrano, Bullrich habló en público. Fue su debut en el micrófono ante una muchedumbre. ¿Cuántas personas asistieron esa noche? Unas 40 mil, según el cálculo a ojo que hizo su referente político de aquellos días: Pablo Unamuno, que se convertiría en el vocero en democracia del jefe montonero Mario Firmenich. Y quien, desde ese papel, negociaría con Carlos Menem el indulto a Firmenich. Para Rodolfo Galimberti, en cambio, la estimación de Unamuno era un poco exagerada. “Habría unas 20 mil”, le dijo a Bullrich.

Galimberti había sido el líder montonero de la llamada Columna Norte, que cubría las localidades bonaerenses de Vicente López y Tigre. Y en 1975 había protagonizado la operación más audaz de ese grupo guerrillero: el secuestro del empresario Jorge Born. Muchos años antes de ser socio y amigo de Born, el Tano Galimba fue su carcelero.

Una vez terminado el acto del Luna, Galimberti y Bullrich fueron a comer a bordo del Peugeot 404 de él. Si bien ella era una suerte de discípula de Galimba, tenían un trato directo y de mucha familiaridad. La Piba se mantuvo bajo la órbita de su mando por varios años: antes, durante y después del golpe de Estado de 1976. Incluso le copió algunas mañas, contactos y modos imperativos. La relación de Galimberti con la conducción nacional de Montoneros fue zigzagueante y derivó muchas veces en desconfianza mutua. Y Patricia lo siguió por continuidad vertical en cada etapa.

Además de compañeros en la aventura setentista, La Piba y El Loco eran cuñados. Lo habían sido hasta el año anterior, en realidad: la hermana mayor de Patricia, Julieta Bullrich, fue pareja de Galimberti en el exilio francés. Era monto como Galimba. Hasta que en agosto de 1983 murió en un accidente de tránsito, en una ruta de las afueras de París. Manejaba el ex jefe montonero a toda velocidad (era uno de los sellos de su personalidad), cuando chocaron con una camioneta del correo. Julieta tenía 28 años.

Galimberti y Bullrich se instalaron en la pizzería Imperio, en Chacarita. Pidieron una grande muzzarella y una cerveza Quilmes. Analizaron los discursos, las ausencias y los pasos a seguir, mientras esperaban la circulación de los diarios con la noticia del acto. Hayan sido 40, 30 o 20 mil personas, la movida había resultado exitosa ante los ojos de una dirigencia peronista muy desperdigada. Incluso Carlos Menem se había anotado como orador, con el acto ya empezado. El gobernador de La Rioja especuló hasta último momento con su presencia. Recién cuando comprobó que se reunía una cantidad de gente aceptable, apareció de golpe en el Luna Park.

Por aquella época, dentro del festival de ramas, intrigas y siglas que había parido la caída de Ítalo Luder ante Raúl Alfonsín, Bullrich se paraba bajo el paraguas de Intransigencia y Movilización, una corriente creada por el senador catamarqueño Vicente Leónidas Saadi. Al poco tiempo empezaría a dirigir desde las sombras la revista Jotapé, un proyecto compartido con Jorge “Topo” Devoto, Liliana Mazure y Graciela Daleo. Y se plegaría al Movimiento Unidad, Solidaridad y Organización. El MUSO era un grupo fundado por el renovador Antonio Cafiero. Una de sus banderas era denunciar el carácter ilegítimo de la deuda externa. También rechazaba los préstamos del FMI, tanto los anteriores, como los que la Argentina negociaría en breve. Porque a fines de 1984, el gobierno radical obtendría un crédito stand by del Fondo Monetario por 1.400 millones de dólares.

– ¿Qué sentiste? – quiso saber Galimberti en Imperio.

– Fue emocionante – resumió La Piba.

A las cuatro de la mañana, Bullrich salió al puesto de diarios ubicado en la boca del subte B. Entró con el Clarín, ojeándolo a cada paso. El título de la nota sobre el acto de la JP fue: “Volvió la izquierda peronista en el Luna Park”.

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“Fui de la Juventud Peronista. Mi hermana estuvo casada con Galimberti. La JP era un apoyo de Montoneros. Tuve un involucramiento muy fuerte desde chiquita. A mi casa vino a comer Cámpora y Abal Medina. Los conocí a todos. Me interesa discutir esto. El uso de la violencia como forma de acción política nos hizo muy mal a todos los argentinos. Nosotros, teniendo 15 o 16 años, pensábamos que la violencia era el camino a la liberación; que de ahí sacaríamos al hombre nuevo. Tengo una mirada muy crítica. Desde hace mucho años trabajo para que ninguna generación sea violenta”, contó la ministra de Seguridad en la mesa de Mirtha Legrand en 2017.

A los 62 años, lo contó de forma reposada, eludiendo las interrupciones crónicas de Mirtha Legrand. Pero a la vez le sacó provecho a la ignorancia jactanciosa de la animadora de 91 años. En una mesa sin repreguntas, estableció un dato discutible o directamente mentiroso, según recuerda la mayoría de sus ex compañeros: que ella no militó en Montoneros. Ante las consultas de Anfibia, la ministra prefirió no responder.

Al margen de ese matiz, si fue monto o sólo JP, Bullrich tuvo que romper previamente con el clima aristocrático de su familia. Una inercia que iba desde sus papás, el médico Alejandro Bullrich y Julieta Luro Pueyrredón, hasta el Director Supremo de las Provincias del Río de La Plata, Juan Martín de Pueyrredón, y el ministro de Yrigoyen Honorio Pueyrredón. ¿Pagó un costo muy alto por pegar ese giro en su identidad? Casi nulo. Ni siquiera tuvo que salir de su casa. El fervor revolucionario la pasó a buscar por su living de Recoleta cuando ella tenía 15 años.

El encargado de acercarle esa fascinación fue otro “traidor” de clase: el empresario Diego Muniz Barreto Bunge. Heredero y exponente de la oligarquía, Muniz Barreto había mutado del antiperonismo cerril de 1955 a cierto nacionalismo que simpatizaba con la juventud peronista de principio de los setenta. A lo largo de esa radicalización, algo que no era excepcional en aquellos años, conoció a Galimberti. Le hizo de mecenas y le abrió un universo que se mantenía vedado para un tano clasemediero como Galimba: el de la aristocracia porteña. En contrapartida, Muniz Barreto entraría como diputado en 1973. Y en 1977 sería asesinado por el policía bonaerense Luis Abelardo Patti. Ese desenlace, entre otras tramas y subtramas históricas, figura en la biografía de Galimberti, escrita por Marcelo Larraquy y Roberto Caballero.

Muniz Barreto introdujo a Galimberti y otros personajes atractivos del peronismo en la casa de Julieta Luro Pueyrredón de Bullrich. La mamá de Patricia era una versión setentista de Mariquita Sánchez de Thompson. Antes de la revolución de 1810, Mariquita mantuvo abierta su casa de calle Unquera (actual Florida al 200) a todo tipo tertulias conspirativas. Ni Mariquita ni Julieta le pusieron el cuerpo a esas cruzadas, quizás porque la época no se los permitía, pero se mostraron hospitalarias con sus valores de subversión.

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Durante el delivery de dirigentes como Galimba, Juan Manuel Abal Medina y Héctor Cámpora, la riqueza y la abundancia familiar se volvieron hechos vergonzantes: sinónimos de explotación e injusticia social. En las charlas y los documentos que circulaban por el living de los Bullrich Pueyrredón se subrayaba esa conexión atávica. A las hermanas Julieta y Patricia les empezaba a pesar el doble apellido. Julieta se enamoró de Galimberti. Y Patricia lo reconoció como un padrino de militancia.

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¿Qué quedó de la Piba en la actual ministra de la mano dura? ¿Cómo transformó su reivindicación de la violencia en un discurso policíaco del orden? ¿Cómo logró que sus reencarnaciones fueran tan exitosas: del proletarismo a la discusión con Hugo Moyano y la cruzada anti-sindical; del antiimperialismo al alineamiento con la agenda yanqui sobre terrorismo y narcotráfico; de la familiaridad con Montoneros a la admiración por la CIA y a permitir que la DEA haga pie en la Triple Frontera; del fervor peronista a reproducir el speech macrista sobre la decadencia de los últimos 70 años?

El dramatismo de ese giro también explica su ascenso a ministra. Pese a ser una outsider del PRO, Macri la prefirió antes que a Guillermo Montenegro, Eugenio Burzaco o Cristian Ritondo, dirigentes de reconocido linaje macrista. Con ese grupo de varones ella mantiene una relación entre distante y pésima. Los asesores de Ritondo, el ministro de Seguridad bonaerense, la acusan sutilmente de haberles robado ideas comunicacionales. Por ejemplo, la quema de droga filmada para las redes y los programas de noticias. “Es importante que la gente vea que se quema”, dijo Bullrich. Con barbijo y guantes amarillos, en noviembre pasado tiró ladrillos de cocaína, marihuana y éxtasis a los hornos del ministerio.

“Objetivamente se duplicó la cantidad de cocaína decomisada respecto a 2015”, reconoce el consultor en seguridad Diego Gorgal. Pero a la vez señala una tramita en la estadística: “La falacia se encuentra al ver datos de la ONU. Porque en los últimos tres años se duplicó la superficie cultivada de coca en Colombia, Perú y Bolivia. Pasó de 137 mil a 245 mil hectáreas. Entonces es lógico que se dupliquen las incautaciones. Un indicador real sobre el éxito de una gestión lo daría la encuesta nacional de consumo. Y esa cifra no bajó. Al contrario, la población que tomó cocaína subió de 0,3% en 2004 a 1,5% en 2017”. Gorgal le concede algunos méritos y le reprocha “administrar los problemas en lugar de transformarlos”.

Existe otra línea del CV de Bullrich que le jugó a favor durante el casting para el gabinete: ser una dirigente confiable para la embajada de Estados Unidos, donde se apersona muy sonriente cada 4 de julio. Los mensajes de whatsapp que intercambió con Alberto Nisman, hasta pocas horas antes de la muerte del fiscal, revelan el nivel de cercanía que tiene con “la” embajada. Se trata de una estrechez construida abiertamente y a la luz pública, en cocktails, reuniones oficiales y viajes a Washington y Virginia. En febrero del año pasado cerró acuerdos de colaboración con el FBI, la DEA, la Oficina de Seguridad Interior (Homeland Security) y el Departamento de Estado.

Desde Berlín, un amigo y compañero en el gabinete aliancista la justifica: Darío Lopérfido hace hincapié en el argumento de la maduración generacional. “Patricia está plantada en un pensamiento de centroderecha liberal. No es reaccionaria, homofóbica o antisemita. Cree que a la Argentina hay que ordenarla en términos de autoridad. Muchos intelectuales y políticos de izquierda pasaron por el mismo proceso: Mario Vargas Llosa, Octavio Paz o Fernando Henrique Cardoso. A los 20 ella pensaba una cosa, pero la decepción fue muy grande. Firmenich mandó a la gente a morir en la contraofensiva; Galimberti y Mario Montoto se fueron a hacer negocios con la seguridad. Y ella vio que por otro lado se abría un pensamiento distinto”.

Sin desdeñar el peso del cambio en las circunstancias generales, un ex monto agrega un elemento: una especie de sobreactuación funcional. Se trata de un militante que tuvo trato cotidiano con La Piba: “Era tan intensa la identidad militante de los setenta que darse vuelta requería un movimiento de fuerza equivalente. Pero ella no lo procesó bien. Jorge Todesca (actual director del INDEC) dice que ser montonero fue el peor error de su vida. Patricia, en cambio, no dice eso: niega y tergiversa. Y tiene afirmaciones insensibles, muy extremas y exageradas. Por ejemplo con la desaparición de Santiago Maldonado. Tiene que demostrar permanentemente que ya no es lo que alguna vez fue”.

En el gabinete de Macri abundan las figuras con formación y trayectoria más conservadoras que la de Bullrich. Germán Garavano es uno. El ministro de Justicia, sin embargo, resulta tibio en la comparación con Bullrich. Durante el debate para sancionar un nuevo régimen penal juvenil, ella insistía en bajar la edad de imputabilidad a 14 años. Pero Garavano le negoció hasta dejarla en 15. En las declaraciones a la prensa, él y la mayoría de los funcionarios parecen moderados por contraste. No tienen necesidad de pasar el examen de la pureza antiperonista. Una prueba que Patricia rinde a cada momento, sin arrastrar conflictos morales. La ministra sabe perfectamente que los progres la aborrecen, la subestiman y nunca la van a votar. El dato le ahorra un dilema hamletiano en su interior.

La deconstrucción montonera le reporta un beneficio extra. Porque demonizar inmigrantes y pibes chorros, encontrar células dormidas en una familia musulmana o en un tuitero kirchnerista son actitudes que le rinden en las encuestas de imagen. El contexto ideológico del mundo la acompaña. Si Jair Bolsonaro y Donald Trump corren la vara de lo socialmente aceptable, Patricia también empuja desde su lugar.

La conversión biográfica desbordó hacia su vida amorosa. El primer esposo de Bullrich era montonero: Marcelo “Pancho” Langieri. Ambos volvieron clandestinos a la Argentina a fines del 78, con pasaportes facilitados por Galimberti. Patricia estaba embarazada de Francisco, a quien pudieron inscribir recién seis años después. En democracia, cuando ya estaban separados, Pancho Langieri perseveró en la lucha armada. Durante un paro de Saúl Ubaldini contra el gobierno de Alfonsín, la policía lo detuvo arriba de un Fiat 128. Estaba con su compañero Carlitos González, llevando bombas molotov. En 1991, la policía les disparó a él y a Ricardo “el Lobito” Rodríguez Sáa, otro dirigente histórico y primo lejano de los gobernadores de San Luis. Rodríguez Sáa murió, y Langieri pasó más de dos años en Devoto.

Guillermo Yanco es pareja de Bullrich desde hace más de 20 años. Es vicepresidente del Museo del Holocausto, defensor y lobbista del gobierno de Benjamín Netanyahu en Israel. Además es socio del secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, en la cadena judía de información Vis a Vis.

El abismo que separa a Yanco de Langieri no podría ser más grande. Tras sus dos pasos por la cárcel, Langieri estudió y se recibió de sociólogo. Ahora es coordinador de la carrera de Sociología en el Programa UBA XXII. Con perfil bajo, es el reverso ideológico exacto de Yanco y Bullrich.

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Desde 1982, Bullrich fue una dirigente de avanzada en la reperonización hacia la ortodoxia. Pasó de correr a Cafiero por izquierda, a militar en su espacio. Y de ahí, a sumarse a la boleta del menemista Erman González en las legislativas de 1993. Ella compensaba el perfil popular, riojano y morochón de Erman en las elecciones para diputados de la Capital. Sin ser del núcleo menemista, la diputada Bullrich llegó a jugar al tenis en Olivos con el presidente y su troup. Mientras el valor del peronismo plebeyo caída en desuso, el linaje dejaba de ser un lastre para hacer política. Y Bullrich se beneficiaba de golpe por contar con el capital del que antes había renegado.

En 1995 obtuvo su primer cargo ejecutivo. La convocó el intendente de Hurlingham Juan José Álvarez. Ese municipio se volvería un semillero político del peronismo. Ahí compartió gabinete con Juliana Di Tullio, Mario Oporto y Jorge Coscia. Juanjo Álvarez buscaba dar una imagen de modernidad entre los barones del conurbano. Bullrich armó un plan sobre policías de proximidad. La idea, copiada de Barcelona, era que los agentes hicieran horas extras caminando por el municipio. Al estar identificados con una pechera naranja los vecinos podrían hacerles reclamos y sugerencias.

En 1998 aterrizó en el gobierno de Eduardo Duhalde. De la mano de Juanjo Álvarez, agarró un cargo en la secretaría de seguridad bonaerense de León Arslanian, quien quería aplicar su proyecto de reforma policial. Bullrich se desempeñó brevemente como subsecretaria de Relaciones con la Comunidad.

Meses después salió por primera vez de la gran familia peronista. Gracias a su vínculo con Fernando de Santibáñez, quien sería Secretario de Inteligencia de Fernando De la Rúa, entró a la Alianza. Ahí se unió al grupo Sushi para facilitar su acceso a De la Rúa. Un objetivo que logró sin demasiada dificultad, al punto de pegarse al presidente. Cuando Federico Storani fue a presentar su renuncia como ministro del Interior, en marzo de 2001, Bullrich se resistía a salir del despacho de De la Rúa. “Quisiera hablar a solas, presidente”, le tuvo que pedir Storani. Con Elisa Carrió y Macri repetiría ese modus operandi: saltearse los eslabones intermedios para reportar directamente al jefe.

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Se sacó un nueve en su tesis de doctorado. La defendió en septiembre de 2013. La tituló: “Articulación, desarticulación y rearticulación del sistema político y de partidos en la Argentina 1999-2007”. En una situación bastante inusual, el período analizado tuvo a la autora como protagonista, al haber sido ministra de Trabajo de 2000 a 2001.

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Desde ese día, Bullrich es doctora en ciencia política por la Universidad Nacional de San Martín. El director de su tesis fue Marcelo Cavarozzi, un profesor e investigador muy reconocido en el ambiente académico. En 1981, durante su exilio en San Pablo, Bullrich había trabajado para otro politólogo de enorme prestigio: Guillermo O’Donnell. Fue su asistente por más de un año.

Cavarozzi es uno de los 234 intelectuales que forman el Club Político Argentino. Se trata de un grupo fundado en 2008, en el que hay varios funcionarios y dirigentes del oficialismo. El tesorero del club es Guillermo Yanco, el marido de Bullrich.

Un profesor de la universidad de San Martín reveló que esperaba una presentación un poco más jugada. La actual ministra se limitó a reflejar y balancear, con poco trabajo de campo, la mirada de distintos autores sobre los años que fueron de la Alianza al gobierno de Néstor Kirchner. Su argumento era que la caída de De la Rúa había habilitado la aparición de un partido predominante: el peronismo. Y repartía críticas al PJ y la UCR. A los radicales les reprochaba su débil vocación por mantener el poder y procesar internamente la crisis del 2001. A los peronistas, el haber arrebatado la presidencia, signando a la UCR como una fuerza incapaz de gobernar.

Durante los dos años de cursada, 2007 y 2008, sus intervenciones habían estado orientadas a defender una convicción: que el peronismo era el gran culpable de la ruina argentina. Un planteo avant la lettre de la tesis que, por estos días, invoca Jaime Durán Barba para mantener con pulso al gobierno de Macri.

Sus compañeros de doctorado no solían coincidir con esa idea. Tampoco lo hacían algunos de sus profesores: especialmente Juan Manuel Abal Medina. Pero todos reconocían el carácter llano y macanudo de Bullrich, siempre al borde de lo bestial. Con un detalle que la destacaba: su hiperactividad. En 2007 era la jefa de campaña de Carrió, quien competiría con Cristina Kirchner por la presidencia. Se la pasaba entre actos, reuniones y programas. Pero se las arreglaba para no faltar a clase y mantenerse al día con la lectura. Si a las 11 de la noche estaba con Joaquín Morales Solá en TN, al otro día a las 9 am se presentaba en el edificio de la UNSAM en Congreso. Iba fresca, con los textos leídos y ánimo de opinar.

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“Cuando vino la juventud, de la mano de Néstor y Cristina Kirchner, sentí una especie de revival. Como que habíamos logrado terminar con eso. Antes a la democracia no se la respetaba. No era un valor para la juventud o Montoneros. Cuando vinieron ellos, sin beneficio de inventario, sin una discusión seria, comenzó una reivindicación vertical de los setenta. Habiéndola vivido, me pareció un retroceso para los pasos democráticos, difíciles y complejos que había dado la Argentina: desde el juicio a las juntas hasta los intentos que hicimos para que el peronismo se transformara en un partido más racional, menos corporativo y feudal”, contó en la mesa de Mirtha Legrand.

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Desde que asumió como ministra, Bullrich se volvió una habitué de esos almuerzos y cenas televisadas. Durante los primeros dos años de Cambiemos, lo hizo un poco a pesar de las directivas comunicacionales de Marcos Peña. El omnipresente jefe de gabinete nunca tuvo feeling con la ex militante del peronismo revolucionario.

Ahora, mientras suena y se mueve como candidata a vicepresidenta, Bullrich le dio estatus oficial a su emancipación. Dentro de un gabinete atiborrado de varones, en el que hay que pedir permiso y coucheo a “Marcos” antes de aceptar la invitación de los programas con más rating, Bullrich consiguió un nivel de autonomía inédito. Su ministerio es una suerte de principado, un poco ajeno a las leyes y controles obsesivos del equipo de Peña. ¿Cómo lo logró? Macri la autorizó de facto. Y Peña, para quien Bullrich era embajadora del pasado y la vieja política, tuvo que aceptar.

Al jefe de Gabinete le interesa dar un debate que a Bullrich no podría importarle menos: que Cambiemos no es un gobierno de derecha. Peña quiere construir una imagen post-ideológica, lejana a cualquier tipo de exabrupto. Bullrich logró escapar de la matrix, entre culposa y catch-all de Peña. Y lo hace con un imagen positiva ante los votantes.

El discurso manodurista nunca fue parte del ADN del PRO. El macrismo lo fue incorporando por goteo, para regocijo de su base electoral. Lo hizo después de haber fracasado en absolutamente todas sus promesas económicas.

La Piba empuja a Cambiemos en bloque hacia un ensayo punitivista y corporativo. El intento encierra una serie de riesgos, inscriptos de antemano en la historia de las fuerzas de seguridad. El ambicioso cambio cultural que propone Bullrich, sin embargo, encuentra un límite muy concreto: la impericia del gobierno para aplicar sus políticas, desde las humildes hasta las más delirantes.

qq

 

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