Monopolios, guerra comercial y política industrial

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Según algunos científicos argentinos, si Macri fuera presidente de EE.UU. cerraría la NASA.

Por Lic. Alejandro Marcó del Pont

Esta idea no suena para nada insensata transcurridos tres años de gobierno. Seguramente los satélites geoestacionarios Arsat-1 y Arsat-2, de producción nacional, con tecnología y software autóctonos, que nos incorporó al exclusivo club de países productores de satélites, no estarían en órbita.

Un gobierno que cree que los satélites que proporcionan servicios de telecomunicación, internet, tv, telefonía desde Argentina hasta Canadá, son comparables con lanzar lavarropas al espacio, o como el candidato del Frente Renovador, Sergio Massa, que son heladeras en órbita, acercan tales razonamientos al del superministro Domingo Felipe Caballo, quien en 1994 mandó a lavar los platos a los científicos (https://bit.ly/2CvcqKv).

En realidad, esta es una mirada de las batallas culturales, es una idea acerca de tener o no una estrategia industrial, participar en cuarta revolución industrial, en las guerras tecnologías en marcha, creer en mercados o monopolios, en nuevas políticas fiscales, en métodos de financiación de innovaciones, de fusiones empresariales, de regulación, de inversión estatal o la protección sectorial.

Una parte del establishment europeo, sobre todo el alemán y francés, se lanzó a redoblar la presión sobre la Comisión Europea para consolidar los monopolios, permitir las fusiones que produzcan empresas hegemónicas de manera que puedan competir en la cuarta revolución industrial, contra sus oponentes, Estados Unidos y China, que en sus cuarteles, como muestra el gráfico, albergan las mayores corporaciones de la tierra:

Esta intención aparenta ser innovadora, aunque sea en realidad de las catacumbas, porque anteponiendo la idea de la competencia monopólica, oculta la sanción al consumidor, enaltece al monopolio, como el nuevo ejército con capacidad de enfrentar a los grandes jugadores. Atrás quedó el libre mercado como procesador de información mediante el sistema de precios, el soberano consumidor que con su voto de compra enriquece a los pobres o empobrece a los ricos. Quien prima es el beneficio, y no hay stagflation en competencia.

En enero de este año, 19 socios firmaron en París una declaración conjunta en la que sostienen que la UE debe “construir una política industrial” que “aliente la creación de grandes jugadores económicos”. Hoy, de las diez mayores corporaciones mundiales, siete son tecnológicas. De estas, cinco están ubicadas en Estados Unidos y dos en China. Ninguna es europea. La idea del establishment europeo no solo es imponer megaempresas, sino que las fusiones y el financiamiento se enfoque especialmente en ámbitos como la I+D, la tecnología y la inteligencia artificial.

Ahora bien, para terminar con la competencia e imponer monopolios, Europa, o cualquier continente, necesita una estrategia de desarrollo industrial y un fuerte debate acerca de la dirección industrial, el rol estatal y las alternativas de financiamiento, sin hablar de la consolidación del mercado común que integraría, en el caso europeo, 500 millones de personas.

Estamos hablando de una guerra entre grandes empresas. Por un lado, empresas chinas subsidiadas por el Estado, que seducen con créditos a otras empresas o directamente las compran. Por otro lado, las gigantes americanas y su complejo militar que financia una parte el Estado, como objetivos estratégicos, y un 60% con bancos. En Europa los bancos financian el 85%, al igual que en el Mercosur.

Hay varias zonas oscuras en la propuesta. Uno de los inconvenientes mundiales es la consolidación de los mercados y las regulaciones estatales. La consolidación de los mercados permite aglutinar consumidores, por lo que su fragmentación es funcional a los grandes países y sus mercados. El desgranado Mercosur esta fraccionando a 250 millones de consumidores, que son contrapeso en cualquier negociación o desarrollo.

Los Estados juegan un rol fundamental en esta lógica, por eso la presión de las grandes compañías para ser más grandes. Sin embargo, los Estados pierden el control de dirigir las políticas de desarrollo, y hasta las políticas fiscales, ante compañías con mayor poder de fuego.

El impuesto Google es un ejemplo. Lo que se intentó con este impuesto es que las empresas tributen donde generan beneficios; las principales empresas digitales suelen localizar sus beneficios en los países europeos con menos tributación, un truco con el que ahorran el dinero que les costaría tributar en todos los países en los que operan, y que suelen tener mayores tasas impositivas. Lo cierto es que permiten que les cobren multas, y hasta las pagan, pero la presión impositiva navega en el fracaso. Resultan muy grandes para que alguien pueda cobrarles.

Entonces la estrategia de política es desarrollar fusiones y que estas sean permitidas sin importar las consecuencias, sean estas sociales, políticas o de seguridad nacional. Cuando se produce, se le da la espalda a la comisión de la competencia, no solo en este aspecto, se la debilita en general. Europa está intentando jugar una carta alternativa, que devela la falta de objetivos concretos en cuanto a la industrialización y al avance de las empresas, ya sea chinas o americanas, sobre sus desarrollos tecnológicos, que perturba el futuro económico y de seguridad de la propia unión.

Con Latinoamérica la cosa es diferente. La sistemática destrucción de las empresas emblemáticas, apoyadas por los bancos nacionales, para contrarrestar y, en algunos casos, progresar en países del primer mundo, como JBS o Embraer, han sido desmontadas bajo la sospecha de corrupción, configuración centenaria de las empresas del primer mundo, no ya con corrupción, con golpes de Estado (ITT en Chile).

Los Estados en vías de desarrollo no pueden seducir al capital, no pueden realizar políticas fiscales serias, no pueden alentar desde allí las inversiones para marcar el norte que fijaría un propósito serio de desarrollo. Hoy están manejados por élites que, si bien tiene objetivos similares a las de los países centrales, no piensan en una nueva revolución tecnológica, piensan en seguir defendiendo sus ganancias, con el mismo sistema extractivista que no ha conducido a quedar más y más marginados de la agenda mundial.

Gentileza: El Tábano Economista

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