Crisis del libro en Argentina y brecha digital

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Por Silvina Belén para Noticias La Insuperable ·

 

Imagen: D. Fresolone

La ardua realidad que atraviesa el sector editorial y la agónica situación de las librerías pasan desapercibidas en el contexto de lucha ciudadana para cubrir necesidades básicas. No obstante, la crisis del libro desenmascara con fuerza simbólica la profundidad de un ajuste con base argumental incoherente. Muchas de las actividades que se enaltecen en el discurso políticamente correcto tienen relación estrecha con la edición y la lectura. La educación, claro está, en primer lugar.

El libro en su tradicional soporte, el papel, sigue teniendo importancia capital en la vida educativa, en los diversos planos de la cultura y el civismo. Atraviesa todos los estamentos relacionados con el saber. La escuela es tan dependiente del libro como las universidades. Sus formatos digitales aún no superan la jerarquía complementaria. La biblioteca, la editorial y la librería dinamizan el intercambio de información relevante e incorporan en forma directa el conocimiento que generan los investigadores. Ciencias, artes y pensamiento aún dependen del libro para su difusión.

Sancho
Imagen: Infocielo

En la mayoría de los casos, se trata de una fuente de información que ha superado gran cantidad de filtros de calidad y veracidad. Las obras espurias que se publican por exclusiva conveniencia económica suelen caer rápidamente en el descrédito que representa el sector más envilecido de las mesas de saldos.  El público, los libreros de profesión y hasta las mismas editoriales se encargan de separar la mies de la cizaña.

El indiscutido protagonismo de las TIC comparte escenario con el libro. La interdependencia está lejos de terminar porque se trata de una actuación en pie de igualdad basada en necesidades mutuas. La devastación económica impuesta por las políticas conservadoras asociadas al más violento capitalismo financiero impacta en el ámbito editorial argentino pero también ahonda la brecha digital.

Adentrarse en la cultura del libro es básico para el desarrollo de competencias digitales. Las habilidades que requieren búsquedas, enlaces, indexaciones y muchas otras actividades significativas para relacionar o hallar datos e información nacen de la familiaridad con paratextos tales como índices generales y específicos, notas al pie, apostillas, colofones, bibliografías, etc.

La independencia de los libros es contundente. No dependen de interfaces ni de energía eléctrica ni de complemento alguno. Acercarse a ellos también tiene valor para achicar la brecha digital cuando otras tecnologías escasean en el entorno personal o social. La crisis editorial, el abandono de bibliotecas y la desaparición de librerías generan un efecto dominó que se proyecta como pérdida irreparable de bienes simbólicos al interior de las comunidades.

En 2018 cerraron más de cincuenta librerías en la Capital Federal. Otras tantas languidecían. De acuerdo con los datos que difundió el periodista Damián Fresolone a principio de año, la Ciudad de Buenos Aires contaba con una librería por cada 8.145 habitantes. Esta cifra, seguramente, ya se habrá modificado en forma negativa para el libro, igual que la menos alentadora de la Provincia de Buenos Aires: una librería cada 41.500 personas. Es difícil prever el retroceso en provincias como la de Santiago del Estero, que tenía una cada 124.200.


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